Devocional diario
1 de diciembre
Lo vendieron al precio de un siervo
Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle.
Mathyahu (Mateo) 26 cubre el penúltimo y el último día de Yahshúa (Jesús) antes de su muerte. Él tenía dos cosas en mente: celebrar la Pascua y prepararse para ser el Cordero de la Pascua. Mientras Él contaba esos días, los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos del pueblo se reunían en el patio del sumo sacerdote Caifás para prenderlo con engaño y matarlo.
No había razón real para encarcelarlo, mucho menos para matarlo. El problema era otro: se había vuelto una amenaza contra su autoridad, y la última crítica que hizo en público de fariseos y escribas, en los patios del Templo, fue probablemente la gota que derramó el vaso. Aun así tenían miedo de la reacción del pueblo y decidieron no actuar durante la fiesta. La oportunidad se les abrió desde adentro, cuando Judas fue a ofrecerles el negocio.
Fijate el monto: treinta piezas de plata, shekels, que era el precio que la Escritura establece para el rescate de un siervo. No lo vendió por una fortuna: lo vendió por una tarifa que ya estaba tasada. Algunos creen que Judas era celote y se decepcionó al ver que Yahshúa (Jesús) no iba a derrocar a los romanos, pero por el contexto la motivación parece haber sido económica, y el detonante pudo ser el perfume derramado sobre Él.
Eso es lo incómodo de este pasaje. El daño no vino de Roma ni de un enemigo lejano: vino de alguien que comía en la misma mesa y le sabía el precio a todo. Preguntate qué estás tasando esta semana en tu casa —una amistad, una promesa, un rato de atención— y devolvele hoy su valor a una sola de esas cosas.


