Devocional diario
1 de mayo
La fe que no necesitó ver
Al oírlo Yahshúa (Jesús), se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
En tiempos de Yahshúa (Jesús) la relación entre judíos y romanos no era cordial: los romanos eran vistos como invasores, explotadores y paganos, y el trato entre los dos grupos era mínimo. Aun así, la Biblia menciona a unos pocos romanos que creyeron en YAHWEH (Jehová), el Elohim (Dios) de Israel. Uno era un centurión, el oficial a cargo de una centuria, cien soldados. Y fue él quien se acercó a pedir un milagro por su criado paralítico.
Fijate cómo lo pidió. No dio una orden, que era lo que su cargo le permitía: rogó. Se preocupó por la salud de un siervo, al contrario de la indiferencia de otros amos. Lucas añade que ese mismo hombre había financiado la sinagoga de Capernaum, la más grande de la región, y que antes de hablar pidió a los líderes del pueblo que abogaran por él. Todo eso junto dice que temía a YAHWEH (Jehová) y amaba al prójimo. Pero lo que Yahshúa (Jesús) destacó fue otra cosa: creyó que bastaba una palabra dicha a distancia. Creyó sin ver. Ésa es la definición que da Hebreos: certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve.
Eso cuesta más de lo que parece. Casi siempre queremos la señal primero y la confianza después: que aparezca el resultado, que se aclare el análisis, que entre el dinero, y entonces sí creemos. El centurión invirtió el orden, y Yahshúa (Jesús) dijo que ni en Israel había hallado una fe así. Tampoco discutió su condición de extranjero: no hace acepción de personas.
Elegí hoy una sola cosa que estás esperando y entregala sin pedir la prueba por adelantado. Decilo con las palabras del romano: basta que digas la palabra.


