Devocional diario
10 de abril
Buen ojo, mal ojo
La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará lleno de oscuridad. Así que, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡cuán grande será la oscuridad!
Sin el trasfondo hebreo, estas palabras suenan a una cosa y significan otra. En la tradición hebrea, buen ojo —Ayin Tová— describe al generoso: «el ojo misericordioso será bendito, porque dio de su pan al indigente», dice Mishlei (Proverbios) 22:9. Mal ojo —Ayin Raá— describe al tacaño, ese avaro de Mishlei (Proverbios) 23 que te dice «come y bebe» mientras su corazón no está con vos.
Con eso en la mano se entiende por qué Yahshúa (Jesús) habla del ojo justo en medio del tema de las riquezas. No está hablando de la vista ni de una mirada mística. Está diciendo que la generosidad o la tacañería iluminan o apagan todo lo demás. La avaricia y la codicia llevan a tomar malas decisiones; un corazón generoso trae bendición. El ojo es la lámpara: por donde mirás, camina el cuerpo entero. Y el remate del versículo es lo que más inquieta: si la luz que hay en vos es oscuridad, cuán grande será esa oscuridad. El que cree ver bien y mira con mal ojo no tiene un defecto de vista; tiene apagada la lámpara y camina seguro.
Eso se prueba en cosas chicas, no en grandes ofrendas. Cómo calculás la propina. Qué sentís por dentro cuando a otro le va bien. Si al prestar algo ya estás midiendo cuándo lo vas a reclamar. Shaul (Pablo) se lo escribió a gente que había cambiado de bando: antes erais tinieblas, ahora sois luz; andad como hijos de la luz, porque el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Y en otra carta deja el criterio que ordena cualquier gasto: lo que se ve es temporal, lo que no se ve es eterno.
Hacé hoy la pregunta con la que cierra la sección, sin apurarte a responder bien: ¿dónde está puesta tu vista, y dónde está puesta tu confianza?


