Devocional diario
11 de febrero
Nadie lo reconoció, el Padre sí
Después de ser bautizado, Yahshúa (Jesús) salió del agua inmediatamente; y he aquí, los cielos se abrieron, y él vio al Ruaj de Elohim (Dios) que descendía como una paloma y venía sobre El. Y he aquí, se oyó una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido.
En ese tiempo los lugares de Mikvá en Jerusalén se habían convertido en un gran negocio, y hasta el puesto de sumo sacerdote se compraba en lugar de dárselo a la persona más digna. Por eso Yojanan (Juan) llamaba a la inmersión en el desierto y en el río Jordán, fuera del sistema religioso. Y por eso no sorprende que, cuando Yahshúa (Jesús) quiso hacer su Tevilá, no fuera al Templo: se acercó a Yojanan (Juan), que además era su primo. Yojanan (Juan) trató de impedírselo, porque sabía que Yahshúa (Jesús) no tenía nada de qué arrepentirse.
Su inmersión no fue de arrepentimiento sino de cambio de vida: el inicio de su ministerio como sacerdote, según el orden de Melquisedec. Por eso esperó hasta cumplir los treinta años, que era la edad en que los sacerdotes iniciaban su ministerio; aparentemente empezaban a entrenarse a los veinticinco y, después de cinco años, estaban listos para entrar al Templo. Yahshúa (Jesús) era de la tribu de Judá y no podía ser sacerdote levita, pero la Escritura señala que sí lo es por un orden anterior al levítico.
Y acá está el detalle que duele y consuela a la vez: prácticamente nadie reconoció ese sacerdocio, y tampoco lo reconocieron como Rey. Pero YAHWEH (Jehová) sí. Se abrieron los cielos y se oyó la voz. El reconocimiento que importaba no vino de la ciudad ni del Templo; vino del Padre. Y Yojanan (Juan), que entendió su lugar, dijo después que era necesario que Él creciera y que él disminuyera.
Si estás en algo que Elohim (Dios) te puso a hacer y nadie te lo firma, acordate de dónde tiene que venir el aval. Hacé hoy tu tarea como si el único que te mira fuera Él, porque es el único que hace falta.


