Devocional diario
12 de agosto
Las llaves no abren el cielo
Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos.
Lo último que Yahshúa (Jesús) le explicó a Kefa (Pedro) en ese lugar fue el principio de las llaves del Reino: te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que ates en la tierra será atado en los cielos, y lo que desates en la tierra será desatado en los cielos. Estas llaves no se refieren a la entrada al Cielo, como algunos lo han interpretado. Son un símbolo de autoridad espiritual, y el tema se amplía más adelante, en el capítulo dieciocho.
La diferencia no es menor. Si las llaves abrieran el Cielo, habría un hombre decidiendo quién entra y quién no, y toda la fe pasaría por ese portero. Lo que Yahshúa (Jesús) entrega es otra cosa: la facultad de actuar en su nombre dentro de la comunidad, con el respaldo del Cielo. Ante esa explicación los discípulos supieron con claridad que Él era el Mashíaj, el ungido, y justo ahí les ordenó que no se lo dijeran a nadie, porque ese conocimiento viene por revelación y por fe, no por razonamiento ni lógica humana.
Ese orden te ordena a vos. Es fácil querer la autoridad antes de la revelación: el cargo, el micrófono, la última palabra en el grupo, el permiso para corregir a todo el mundo. Pero la llave se entregó después de que Kefa (Pedro) supiera quién era Él, y vino acompañada de una instrucción de silencio. Autoridad sin revelación es ruido; y cuando encima hay apuro por mostrarla, se convierte en abuso, casi siempre contra el más manso de la casa.
Hoy usá la autoridad que ya tenés en el lugar más chico que te toca —tu casa, tu turno, tus hijos— y hacelo sin anunciarlo.


