Devocional diario
13 de enero
Adorá antes de que mejore
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
La estrella los dejó frente a una casa común. Tal vez se sorprendieron: habían viajado desde lejos buscando a un rey y lo encontraron en un entorno simple, sin corte, sin guardia, sin palacio. Y aun así entraron, se postraron y lo adoraron. En la tradición hebrea no está permitido postrarse ni adorar a nadie que no sea YAHWEH (Jehová). Ese gesto, hecho por judíos que conocían la ley, es una declaración: reconocieron que ese niño no sólo era el Mesías, sino también el Hijo de YAHWEH (Jehová).
Después abrieron sus tesoros, como se hacía en una visita oficial a un rey. Los tres regalos no fueron un surtido de lujo: cada uno representa un rol. El oro era regalo para la realeza, y habla del Rey. El incienso se usaba como ungüento y perfume para los novios, y habla del Novio. La mirra servía para embalsamar a los muertos, y habla del Redentor que iba a morir en la cruz para perdón de nuestros pecados. En tres cajas entregaron el resumen de una vida que todavía no había empezado.
Fijate que la sencillez del lugar no les bajó la reverencia. A nosotros nos pasa al revés: medimos cuánto honramos a Elohim (Dios) según qué tan impresionante está el escenario. Si la reunión está buena, adoramos; si la casa está fea, el mes salió mal y el ánimo está en el piso, guardamos el tesoro para cuando se vea mejor. Y así la adoración se vuelve un premio que le damos cuando nos gusta el resultado.
Hoy hacé lo que hicieron ellos en esa casa sencilla: adorá antes de que las cosas mejoren. Y dale algo concreto, algo que te cueste, no lo que te sobra.


