Devocional diario
14 de julio
Vendió todo por un campo
Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.
En la última parte del capítulo trece Yahshúa (Jesús) encadenó cinco parábolas del Reino, y dos de ellas van juntas. Un hombre encuentra un tesoro escondido en un campo, lo vuelve a esconder y, gozoso, vende todo lo que tiene y compra el campo. Un mercader que busca buenas perlas halla una perla preciosa, vende todo lo que tenía y la compra. Las otras tres miran el Reino desde afuera —la red que recoge de toda clase de peces, la mostaza que de semilla mínima se hace árbol, la levadura escondida en tres medidas de harina—, pero estas dos miran al que decide.
El principio es sencillo y es un principio de vida: las personas invierten en aquello que consideran valioso. Uno lo da todo por lo que es importante, aun sacrificando otras cosas por ello. Ninguno de los dos hombres de la parábola regatea, ni pide plazo, ni consulta con nadie. Venden porque vieron el precio de lo otro. Como dijo Yahshúa (Jesús) en el Sermón del Monte, donde esté tu tesoro allí estará también tu corazón.
Esa frase se lee al revés con provecho. No mires primero qué decís que te importa: mirá dónde está puesto lo tuyo. El dinero, la agenda, la cabeza a las tres de la mañana. Eso es el tesoro, aunque tu boca diga otra cosa. Y si el Reino te parece valioso pero todavía no te costó nada, conviene revisar si de verdad lo viste. El tesoro estaba escondido: el hombre no lo encontró de paseo, lo encontró trabajando ese campo.
Hoy elegí una cosa concreta que vas a soltar esta semana por el Reino: un gasto, una hora, una costumbre. Una sola, y que se sienta en el bolsillo o en la agenda.


