Devocional diario

2 de mayo

Sanada y de vuelta al trabajo

para que se cumpliese lo dicho por el profeta Yeshayah (Isaías), cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.
Mathyahu (Mateo) 8:17

El mismo día del milagro del centurión hubo otra sanidad, y ésta no fue en público. Yahshúa (Jesús) entró en la casa de Pedro y encontró a la suegra postrada en cama con fiebre. La escena es pequeña y doméstica: una casa, una mano, una mujer con fiebre. Le tocó la mano, la fiebre la dejó, y ella se levantó y se puso a servirles. Más tarde, cuando llegó la noche, el pueblo de Capernaúm le trajo muchos endemoniados, y con la palabra echó fuera a los demonios y sanó a todos los enfermos.

Mathyahu (Mateo) no cuenta esto como una racha de buena suerte. Señala que todos esos milagros ocurrieron en cumplimiento de una profecía de Yeshayah (Isaías): Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias. Es decir, sanar no era un favor ocasional que se le escapaba por compasión. Era parte de lo que había venido a hacer, anunciado siglos antes.

Mirá también lo primero que hizo la mujer cuando se le fue la fiebre: servir. No se quedó en la cama midiendo si la mejoría iba a durar. Se levantó y volvió a lo suyo. Eso pasa poco. Cuando por fin se nos suelta un dolor, o se acomoda una cuenta, o pasa el susto del diagnóstico, lo normal es quedarse un rato administrando el alivio. Ella usó la salud recién recibida para atender a otros, y nadie se lo pidió: no hubo encargo ni instrucción, se levantó porque estaba en pie.

Si hoy estás en pie, aunque sea a medias, usá eso en algo que no sea para vos. Una visita, una llamada, una comida llevada a una casa. No esperes a estar del todo bien: si la fiebre se fue, eso alcanza para empezar.

Este devocional sale deMateo 8