Devocional diario
22 de octubre
La pregunta que no hiciste
Él les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿Cómo es su hijo?
Después de aguantar el interrogatorio de las distintas sectas de religiosos, Yahshúa (Jesús) dio vuelta el argumento y preguntó Él. Les planteó algo simple: ¿qué pensáis del Mashíaj?, ¿de quién es hijo? Contestaron lo que todos sabían: de David. Entonces los llevó a una Escritura de los Tehillim (Salmos) donde David, en el Espíritu, lo llama Señor, y les preguntó cómo puede ser hijo de David si David mismo lo llama así.
Nadie pudo responderle palabra, y Mathyahu (Mateo) anota que desde aquel día ninguno se atrevió a preguntarle más. Lo curioso es lo que nadie hizo: nadie le preguntó a Él qué pensaba del asunto. Tenían delante al único que podía explicarlo y eligieron el silencio. Tal vez porque no querían saber la respuesta, que resolvía la contradicción señalándolo a Él.
Ese silencio es más común de lo que parece. Hay preguntas que uno no hace porque sospecha la contestación. Si me siento a revisar las cuentas, voy a tener que cambiar de vida. Si le pregunto a mi esposa cómo se siente, va a decirme algo que no quiero oír. Si le pregunto a Elohim (Dios) qué hago con esto, me va a pedir que lo suelte. Entonces no se pregunta, y el asunto queda en un empate cómodo. Se guarda en el cajón de lo que ya veremos, y ahí se queda meses. No es duda: es cálculo, el mismo de los que estaban ese día en el Templo.
El problema del empate cómodo es que se paga después. Pensá en la pregunta que estás evitando, la que ya sabés cuál es mientras leés esto. Hacela hoy. A la persona que corresponde, o a Él en oración, pero hacela.


