Devocional diario

25 de septiembre

Levantalo, no lo pises

Cuando caiga, no quedará derribado, porque el Señor sostiene su mano.
Tehillim (Salmo) 37:24

Colin Powell era un joven oficial de infantería en Frankfurt cuando su pelotón fue asignado a custodiar un cañón atómico. Alertó a sus hombres, cargó su pistola, saltó al jeep y, después de un tramo corto, se dio cuenta de que no la tenía encima. Perder un arma era un asunto serio, así que llamó por radio a su capitán de mala gana. Al volver, el capitán Miller le entregó la pistola y le contó que unos niños del barrio la habían encontrado donde se le cayó, y que por suerte alcanzaron a dar sólo una vuelta antes de que oyeran el tiro y se la quitaran.

Powell sintió un escalofrío. Miller cerró con una frase: «Por el amor de Dios, hijo, no permitas que esto ocurra otra vez». Más tarde Powell revisó el arma y comprobó que no había sido disparada: la había perdido dentro de su propia tienda de campaña. El capitán se había inventado toda la historia para darle un susto. Lo corrigió sin humillarlo, sin expediente y sin público, y la lección le quedó para siempre.

Powell resumió después su filosofía: nadie llegó nunca a la cima sin resbalar, y cuando alguien tropieza no hay que pisarlo fuerte, sino levantarlo, sacudirle el polvo y ponerlo de nuevo en carrera. El que no se equivoca, generalmente es porque no hace nada. Eso es distinto de tapar la falta: Miller no le dijo que no había pasado nada, le hizo sentir el peso y después lo devolvió a su puesto. Esas dos cosas juntas son la corrección: el peso y la devolución. Si falta una, o se cría un irresponsable o se hunde a un hombre.

Pensá en alguien que se equivocó cerca tuyo esta semana. Corregilo en privado, una sola vez, y devolvele la tarea. Sin recordárselo después.

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