Devocional diario
27 de septiembre
Decí en voz alta qué querés
Y deteniéndose Yahshúa (Jesús), los llamó, y les dijo: ¿Qué queréis que os haga?
Al salir de Jericó, con una gran multitud siguiéndolo, dos ciegos sentados junto al camino oyeron que Yahshúa (Jesús) pasaba y empezaron a clamar: «¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!». La gente los reprendió para que se callaran y ellos clamaron más fuerte. Y no era un grito cualquiera: llamarlo «Hijo de David» equivalía a reconocerlo como el Mesías y el próximo rey de Israel, tal como lo anunciaron Yirmeyah (Jeremías) y Yeshayah (Isaías). Dos ciegos vieron eso mejor que la multitud que los mandaba a callar.
Él tuvo misericordia y se detuvo, pero hizo algo que sorprende: les preguntó qué querían que les hiciera. Parece obvio que querían ver. Y justamente por eso la pregunta tiene peso. Un ciego junto al camino podía estar pidiendo una limosna, que era lo normal, o podía estar pidiendo sanidad. Yahshúa (Jesús) quiso que ellos formularan el pedido con sus palabras. Cuando lo hicieron —«Señor, que sean abiertos nuestros ojos»— les tocó los ojos, recibieron la vista y lo siguieron.
Muchas veces no recibimos porque no pedimos, o porque pedimos mal. Es más cómodo orar en general: que Elohim (Dios) bendiga la casa, que arregle la situación, que nos ayude en todo. Una oración así no compromete a nada y tampoco se puede verificar. Pedir con nombre y con detalle expone lo que realmente querés, y a veces uno descubre que estaba pidiendo la limosna y no la vista. Los dos ciegos, en cambio, dijeron la frase exacta: que sean abiertos nuestros ojos.
Escribí hoy una petición concreta, en una sola frase, tan precisa que se pueda saber si fue contestada. Decísela a Él así, en voz alta. Y si te da vergüenza la precisión, decila igual.


