Devocional diario

28 de septiembre

La última subida a Jerusalén

En el capítulo anterior quedó planteado que Yahshúa (Jesús) había comenzado su ascenso a Jerusalén. Ahora empieza el tramo donde ese ascenso llega. Y hay un dato que conviene tener claro desde el primer versículo: ésa sería la última vez que iría a la Ciudad Santa, porque pocos días después, precisamente en la Pascua, iba a morir como el Cordero de YAHWEH (Jehová) que quita el pecado del mundo, según lo llamó Yojanan (Juan).

Ese detalle del calendario no es decorativo. No murió en una fecha cualquiera que le tocó por casualidad política, sino en la fiesta que durante siglos había estado ensayando lo que Él venía a hacer. Cada familia de Israel había degollado un cordero en esa fecha, año tras año, generación tras generación. El capítulo que empieza hoy es el ingreso del Cordero verdadero a la ciudad donde iban a inmolarlo, y Él lo sabía mientras entraba.

Por eso el capítulo se lee distinto que los anteriores. Lo que viene —la entrada con la multitud aclamando, el pollino, los mantos en el camino, el «Hosanna» de los peregrinos— no es una escena de triunfo político que después se desarma. Es una procesión que va hacia un altar. La misma gente que tendía los mantos iba a estar en la ciudad pocos días más tarde, gritando otra cosa. Él entró sabiendo también eso, y no aceleró el paso ni cambió de animal.

Entrá al estudio con ese peso puesto. Esta semana, cuando leas el capítulo, no lo leas como una crónica de lo que le pasó a Él. Leelo sabiendo por quién estaba subiendo, y agradecé antes de seguir. Él no fue arrastrado hasta ahí: iba caminando, y sabía el día.

Este devocional sale deMateo 21