Devocional diario
29 de octubre
Acomodando cestas en el tren
Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.
Una señora de edad había esperado toda la vida la oportunidad de viajar en tren. Quería devorar cada paisaje con los ojos y disfrutar cada kilómetro del recorrido. Entró decidida al vagón y, cuando el tren partió, se puso a acomodar los paquetes y las cestas que traía, a arreglar el asiento, a mover las cortinas, a ponerse cómoda. Cuando por fin estuvo lista para mirar por la ventana, el conductor voceó el nombre de la estación: ya habían llegado. «Qué pena —dijo—. Si hubiese sabido que llegaríamos tan pronto, no habría perdido tiempo en pequeñeces».
La historia no trata de una distracción, trata de un orden mal puesto. Ella no estaba haciendo nada malo: estaba acomodando. El problema es que lo accesorio se comió lo que había esperado toda la vida, y el viaje se terminó igual, con paisaje o sin paisaje.
Hacé la cuenta con tu semana, que es un vagón parecido. El teléfono en la mano mientras tu hijo te cuenta algo. La discusión por un detalle que en dos días no vas a recordar. El rato largo mirando lo que hace la gente en una pantalla. Ninguna de esas cosas es un pecado grave; todas juntas son la señora acomodando cestas mientras el tren avanza. Las pequeñeces no nos desvían de golpe: nos distraen del paisaje.
Efesios pide andar con diligencia, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo. Y Yahshúa (Jesús) dijo dónde empieza el orden: buscad primeramente el reino de Elohim (Dios) y su justicia, y lo demás se añade. Hoy elegí una pequeñez que te está comiendo el viaje y dejala afuera de una hora. Usá esa hora en lo que sí esperabas.


