Devocional diario
29 de marzo
Nadie está exento
Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.
La última petición personal del Padre Nuestro es ser librados del mal y de la tentación. Es la que cierra la lista, y no por casualidad: viene después del pan y después del perdón, cuando ya se habló de lo que falta y de lo que se hizo mal. Lo que queda por pedir es no volver a caer.
Lo primero que hay que aceptar es que nadie está exento. No hay tramo de madurez espiritual donde la tentación deje de existir, ni testimonio limpio que funcione como vacuna. Por eso la petición es parte de una oración de todos los días y no de una crisis puntual. Quien no la reza es porque se cree fuera de alcance, y ése es justamente el que está más expuesto.
Yahshúa (Jesús) dejó la instrucción con dos verbos: velar y orar. Velar es estar despierto, mirar de dónde viene el golpe, saber cuál es tu hora mala y tu lugar peligroso. Orar es pedir lo que no podés sostener solo. Y explicó por qué hacen falta los dos: el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Las buenas intenciones no son el problema; lo que no aguanta es el cuerpo cansado, sin defensas, a solas con lo que ya sabe que le gusta. Y el orden de los dos verbos importa. Primero velar, porque nadie pide ayuda contra algo que no quiere ver; después orar, porque ver el peligro sin pedir ayuda sólo agrega culpa.
Ponelo en concreto hoy, sin vueltas. Identificá la hora, el lugar o la pantalla donde siempre caés, y pedí por eso con nombre y apellido. No fuerzas en general: ser librado de eso.


