Devocional diario
9 de marzo
Sal que conserva y da sabor
Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
La sal hace varias cosas a la vez, y Yahshúa (Jesús) las tenía todas en la cabeza cuando usó la figura. Lo primero: da sabor. La sal realza el sabor de los alimentos, y sin ella la comida es insípida. Si un creyente sólo practica una religión, pero no pone por obra los mandamientos de YAHWEH (Jehová) ni deja que Él le transforme el corazón, su vida queda tan insípida como la sal que perdió lo suyo.
Lo segundo: conserva. Antes del congelador, la carne se guardaba con sal, porque la sal impide que ciertos alimentos se descompongan. En lo espiritual funciona igual: el creyente que guarda los mandamientos se mantiene puro y le cierra la puerta a la contaminación del mundo. Hay un cuadro de eso en Melajim Bet (2 Reyes) 2, cuando Eliseo pidió una vasija nueva con sal, la echó en los manantiales de Jericó y las aguas malas quedaron sanas.
Y hay una advertencia. Kefa (2 Pedro) dice que si alguien escapó de las contaminaciones del mundo y de nuevo queda enredado en ellas y vencido, su condición postrera viene a ser peor que la primera. La sal que se queda en el frasco no conserva nada. Creer y no cambiar la vida deja abierta la puerta por donde ya entró la podredumbre una vez. Hay un detalle más, del lado de las ofrendas: la Toráh instruye que nunca se presenten con levadura, pero siempre sazonadas con sal, la sal del pacto. Y el pacto de sal implica un compromiso que se preserva y se mantiene para siempre.
Mirá tu semana y buscá el lugar donde tu fe no está cambiando nada: una conversación, una costumbre, un trato. Poné ahí un mandamiento concreto y cumplilo hoy.


