Devocional diario
20 de enero
Lo más valioso que podés dar
La última clave de esta parte corre el foco. Más allá del beneficio económico que podés darle a un empleado, la salvación es lo más valioso que tenemos para ofrecer. De ahí sale el encargo: aprovechá las oportunidades para predicar el evangelio y para aconsejar a aquellos que lo necesiten. No es una tarea aparte del negocio: es lo que el negocio te puso al alcance.
Fijate cómo queda ordenado el negocio con esa frase. Un empleo bueno es un bien real: paga la comida, la escuela, el remedio, y sostiene una casa entera. No es poca cosa y no hay que despreciarlo. Pero termina donde termina la vida. Lo que un dueño de negocio tiene en la mano, casi sin buscarlo, es acceso: gente que pasa ocho horas al día a su lado, que le cuenta lo que le pesa, que lo ve reaccionar cuando las cosas se ponen mal. Ningún predicador tiene ese tipo de cercanía con esas personas.
Eso no autoriza a convertir el trabajo en un púlpito ni a presionar a nadie con el sueldo de por medio, que sería justamente sacar ventaja. Se trata de estar disponible: escuchar cuando alguien abre la puerta, aconsejar cuando piden consejo, decir con naturalidad de dónde te viene la calma que te ven. Las oportunidades aparecen solas cuando la vida de uno da que preguntar, y no aparecen nunca cuando lo único que el otro ve es apuro. Un jefe al que le creen tiene una puerta abierta que ninguna campaña consigue.
Pensá en un nombre de los que trabajan con vos, alguno que esté pasando algo difícil. Buscalo hoy, preguntale cómo está de verdad, y quedate a oír la respuesta completa, sin mirar la hora ni el teléfono.


