Devocional diario

3 de junio

Ponele nombre a lo que sentís

El estudio define la culpa como un sentimiento que generamos nosotros mismos, a partir de las referencias internas que tenemos sobre lo que está bien y lo que está mal. Nace de una comparación: lo que hiciste contra lo que podrías haber hecho mejor. Y de ahí sale una consecuencia que conviene anotar: cuanto más alta es tu escala de valores, más probable es que termines sintiéndote culpable.

Eso explica por qué la culpa cuesta tanto identificar. Muchas veces ni te das cuenta de que la cargás; es una emoción esquiva, que no llega con un cartel. A veces la notás por el lenguaje corporal, por los sueños, por cómo se refleja en tu manera de tratar a la gente. El material también describe los dos extremos. De un lado están los que no sienten culpa nunca y van arrasando por donde pasan, escudados en un «yo soy sincero, digo las cosas a la cara»; piensan en su bienestar e ignoran el de los demás, y terminan siendo muy egoístas. Del otro lado están los que viven siempre culpables: perfeccionistas, autoexigentes, nunca satisfechos, con una vocecita que les avisa que lo que dijeron cayó mal.

Leelo sin apuro y ubicate. No hace falta que te pongas una etiqueta: alcanza con reconocer hacia qué lado se te inclina la balanza cuando estás cansado, apurado o discutiendo en tu casa. Ser inteligentemente emocional, dice el material, empieza por saber reconocer lo que se está sintiendo, y más aún si eso te está dejando culpa, para gestionarlo de la manera más sana.

Hoy dedicale cinco minutos a eso y a nada más: poné en palabras qué estás sintiendo. Escribilo si te ayuda. Nombrarlo es la mitad del trabajo.

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